miércoles, 18 de febrero de 2009

Inocencia...


Hace suficiente calor para que todos debamos estrujar el cuello de nuestras poleras sobre nuestros propios cuerpos, para que de esa forma, aunque no sirva de mucho, podamos paliar en algo la aridez de este día de verano. Ojala hubiese aire acondicionado en el vehículo, y por desgracia la tierra suelta nos impide poder tener las ventanas abiertas para que entre algo de viento, menos con los escombros que hay en estos remanentes caminos. También desearía que la suspensión del vehículo fuera mejor, pero meses y meses manejándolo me han acostumbrado a sus saltos violentos, más en estos remanentes caminos llenos de agujeros y obstáculos.

Hace mucho tiempo que no veo una cara nueva, por un lado es mejor que sea así, porque si hubiera alguien más tendríamos que aprisionarnos más en el vehiculo, y sufriríamos más con el calor.

El reloj corre y corre, cada vez se nos hace más difícil encontrar víveres y recursos necesarios para tener algo de comodidad. El viejo supermercado que semana a semana debemos saquear se llena cada vez más de tierra y suciedad, y sus alimentos se van acabando. Ya no importan las fechas de vencimiento que llevan rotuladas, pero luego tendremos que ir a buscar otro lugar para obtener algo de comida. Me pregunto como lo haremos cuando se acabe el combustible en todas las bencineras.

Ya casi se me ha olvidado hace cuanto tiempo ocurrió todo, sólo recuerdo aquel momento. Primero un ruido ensordecedor similar a sirenas, gritos desesperados de todo el mundo.

Y luego el infierno.

Por alguna razón decidí no salir afuera de mi puerta, me encerré en el baño de mi hogar y me senté en un rincón de él, acurrucado, asustado, rogando que pasara.

Después llegó el silencio.

Atemorizado, salí del baño, y al abrir la puerta encontré mi casa destruida, y así cada una de las casas de mi barrio, y así todo el barrio hasta caer en cuenta de que toda la ciudad había desaparecido. Vestigios de pequeñas casas y grandes edificios me hacían preguntarme que había pasado.

No había nadie

Todo estaba destruido. Había fuego por todos lados.

Estaba solo

Lejos de mi casa encontré la camioneta que ahora conduzco. Con horror vi que dentro de ella había un hombre mutilado, La sola expresión de su rostro me causaba pánico y por un momento me sentí aliviado de no ver lo que él vio. La cogí y comencé a conducirla. Durante semanas solo, dedicándome sólo a buscar comida, y si había alguien más. Poco a poco fueron apareciendo, hasta que ahora somos solo trece personas. En muchos meses, casi un año, he visto a sólo doce personas, el resto... cadáveres.
Hoy conduzco, y miro por los espejos sus rostros, 5 hombres y 8 mujeres. 10 adultos, 2 adolescentes y un niño. En todos veo un rostro de angustia, de desesperación, de soledad, de no saber que hacer. Siento que cada uno de ellos se hace la misma pregunta que yo me hago. Pero veo que la desesperación los sobrepasa; a algunos de ellos se les escapa alguna lágrima de vez en cuando, tratando de esa forma aliviar en algo la pesada carga que sus almas acarrean.

Veo en cada rostro de ellos sufrimiento, proyectos truncados, planes frustrados, objetivos destruidos, metas hechas polvo e ideales que sólo han quedado en una ilusión imposible de lograr. Veo la soledad que no es capaz de disiparse en cada uno de ellos, veo en muchos de ellos una sensación de estar entregados a la suerte de su destino, que ya nada depende de ellos mismos.

Y cuando me veo a mi mismo, cuando veo mis propios ojos por el espejo retrovisor, veo una mirada cansada, pero veo una mirada que aún conserva algunas metas, metas que nunca pensé que podrían llevarse a cabo.

Pero también veo otras cosas que también veo en el rostro de los demás, veo la tristeza tan clara como si estuviese grabada a fuego en mi alma, veo la soledad más fuerte como nunca antes la había visto, como si estuviera solo en la camioneta, sin nadie. Creo que todos sienten lo mismo, pero creo también que los demás no saben afrontarla, y que tendré que enseñarles a hacerlo.

Aunque siempre enfrenté la soledad, desearía estar como antes: en soledad... pero nunca tanto.

Llegamos a nuestro destino final del día, a nuestro refugio.

Todos nos bajamos de la camioneta y fuimos caminando lentamente al pequeño hostal en donde nos refugiamos de posibles peligros, ya sea animales o alguna cosa que haya provocado esto. Me aprestaba a entrar cuando la menor de nosotros, una niña de cinco años, me toma de la mano y con la inocencia y la sonrisa de su edad me habla.

- ¿Qué haremos?

Dudé unos momentos, como si mi mente estuviese sacando de un baúl antiguo los recuerdos de una vida pasada, algo que pudiera darle tranquilidad a quizá la única persona que podría cobijar algo de alegría en su corazón. En estos momentos desearía tener la inocencia de un niño.

Luego de algunos segundos, mi mente encontró la mejor respuesta que le hubiese podido dar.

- Iremos a comer, y después comenzaremos a decorar esta casa, que está un poquito fea ¿Te parece?- le dije, tratando de imprimir en mi rostro y voz la mayor tranquilidad posible, a la vez que intenté sonreír amablemente.

La niña también sonrió, como si ella misma quisiera ser parte de aquella decoración.

- ¡Ya! - dijo con el entusiasmo de un niño con un nuevo juguete. En eso entró al hostal con la emoción de probar algo para comer.

En aquel momento se me ocurrió mirar al resto de las personas. Por primera vez vi en ellos una tenue sonrisa, como si envidiaran sanamente aquella inocencia, que hace mucho tiempo deseamos poseer, quizá para intentar escapar de la realidad.

Todos entraron, menos yo, que caminé hacia afuera, hacia una enorme pieza de concreto, de algún edificio destruido. A lo lejos la cordillera se veía clara, pero sin nieve. Fue en ese momento, al sentarme, en donde la angustia comenzó a atacarme cruel y despiadadamente.

Obligándome, por primera vez en mucho tiempo, a derramar lágrimas que lavaran el polvo de mi rostro.

Hace mucho tiempo que no lavaba mi rostro…

miércoles, 21 de enero de 2009

Peregrinación...


Peregrinando hacia el templo de la soledad

En busca de respuestas a todas las preguntas
Y en busca de preguntas para todas las respuestas

Cuando regrese…
Quizás algunas cosas sean diferentes…

Bien dicho
Quizás



vmbra...

miércoles, 7 de enero de 2009

El Asesino de Ilusiones (Autorretrato)


Una pequeña transformación que probablemente pudo ser el último eslabón de un proceso de maduración… un poco particular. Formas de defenderse de la realidad que muchos podrían reprocharme pero que son vitales en mi retorcida mente, que se ha convertido en una fábrica de respuestas a prueba de todo, de creencias y verdades. Una especie de animadversión a las respuestas fáciles y un afán de no temerle a lo desconocido terminan por convertir a cualquier individuo en un sujeto huraño y a veces brutalmente sincero, que podría perturbar a alguien cuya mente solo sabe de confusiones.

Una maduración que, por un lado convierte a uno en alguien que sabe que hasta lo más increíble y lo más sencillo tiene una respuesta, pero que no podrá saberlas todas aunque viva mil años. Pero esta maduración particular responde a un grave defecto que convierte a uno, a pesar de verse completo, en un lisiado. Una tremenda incapacidad para conectarse con el mundo, y por ende también una apatía por hacerlo, que probablemente fue adquirida durante el transcurso de su vida. Aquí uno cae en un círculo vicioso del cuál no ha podido salir, y que probablemente no saldrá… apatía que recibe cualquier nuevo camino con un rechazo y que genera un desencadenamiento de esta fábrica de respuestas a prueba de todo, que a pesar de mantener cualquier conflicto artificialmente alejado (aunque pragmáticamente hablando funciona), termina por conservar, y a veces acrecienta, este defecto al eliminar cualquier posibilidad de tomar un nuevo camino. Después de todo esta fábrica de respuestas a prueba de todo hacen de uno un asesino de ilusiones, que aleja de él cualquier posibilidad (desde el punto de vista de la mayoría de las personas) de tomar un nuevo camino que pueda ser una cosecha de nuevas alegrías. Esta fábrica termina por mantener esa incapacidad de conectarse con el mundo.

Es ahora donde la fábrica de respuestas a prueba de todo encuentra una razón para justificar su existencia. La capacidad de encontrar respuestas a prueba de todo permite a uno ser un pilar para cualquiera que pueda encontrarse en su feble camino, dejando su legado en otros y encontrando una trascendencia más allá de uno mismo. Ahora bien esta fortaleza que puede exportar al mundo encuentra la génesis de su existencia en otra falla generada por la falla original y antes mencionada, el miedo de uno al arrepentimiento del destino elegido en lugar del que la mayoría elige seguir. Es en este momento donde esta fábrica de respuestas encuentra una razón para que uno no se arrepienta de la vida elegida.

Al final la ecuación puede escribirse de forma más sencilla, en un lado está la fortaleza que uno puede dar a aquellos que se encuentren en su camino y la capacidad de encontrar respuesta en las cosas más increíbles y extrañas hasta las más sencillas. En el otro lado está el miedo al arrepentimiento y la incapacidad de conectarse con el mundo. Teniendo como incógnita, y como ente capaz de equilibrar o desequilibrar esta ecuación, a la fábrica de respuestas, la que termina de darle a esta ecuación el nombre de asesino de ilusiones.



... Vmbra...

jueves, 4 de diciembre de 2008

Condena




Recuerdo aquel último día, cuando se podían ver los adoquines de este angosto pasaje, y los rayones que los niños dejaban en ellos luego de alguna jornada de juegos inocentes y emocionantes mientras pasaba por la acera, retornando de alguna jornada de trabajo como todas las demás. Parecía ser que los niños no percibían a los adultos pasar mientras ellos jugaban, y uno sólo atinaba a mirarlos en su ritual de todos los días.

Recuerdo aquel primer día, cuando salí de mi hogar a la calle, y no vi a ningún niño jugando en la calle, y a ningún adulto pasando por la acera, sólo quedaban los rayados en los adoquines y alguna pelota olvidada sobre ellos. Sólo había desolación, polvo suspendido en el viento proveniente de todos los escombros de la calle. No sé porque no desperté mientras ocurrió todo, sólo pude ver en el cielo a lo lejos una figura alejándose rápidamente y supe que ocurrió. Desde aquel día, sólo soy yo el que aparece en la calle… no más niños jugando ni más adultos deambulando.

Trato de pensar en qué podría hacer ahora, quizá tratar de que este pasaje vuelva a poblarse de esa alegría, quizá tratando ingenuamente de disfrazarme de héroe anónimo. Luego… comenzó a caer la nieve, ya no habían tantos escombros ni aquel sofocante calor de verano, pero sí llegó el frío, y todo el pequeño esfuerzo que hice por lograr que el pasaje se poblara, rayar los adoquines con tizas de diferentes colores para atraer a los niños a que vuelvan a jugar, sacar los escombros de la acera para que los adultos volvieran a caminar, pero la nieve arruinó todo, el frío lo arruinó todo.

Avanzo más allá del pasaje, y el paisaje es idéntico, calles vacías y cubiertas con nieve, casas y edificios petrificados al extremo de parecer hechos de hielo, quebradizos y endebles, muchos destruidos… y mucho frío. No sé si alguna vez volveré a ver a algún niño jugando en la calle, o a algún adulto deambulando en estas aceras y adoquines.










Spectrvm es Vmbra


VMBRA DOMINUS

domingo, 23 de noviembre de 2008

El Juicio Final...


El telón de la noche cae cruel y repentino, sobre los condenados a la eterna soledad, en donde los inocentes pagan con sus vidas para evitar esta cruel sentencia… la muerte es un regalo para los ojos, para que no sean testigos del ascenso del infierno vasto y lúgubre hacia la superficie.

Durante toda mi vida he sido un criminal… y hoy he sido condenado por mis actos. Ahora estoy parado aquí, viendo pasar a algunos que han sido condenados también. La sensación de soledad es abismante en aquellos ojos, pero yo no la siento… en realidad si la siento, y muy fuerte… pero quizá no tanto como el resto. Me pregunto si volveré a ver algún rostro conocido en algún momento, mi respuesta es sí… pero seguramente lo veré bajo un trozo de acero o concreto y cubierto de polvo, y en aquel momento esa sensación de soledad no la podré resistir.

Es extraño sentir que toda mi vida había sido destinada a prepararme para algo así… como si supiera que iba a pasar… que habrá pasado con el resto ¿de verdad no quedará nadie? Aquella pregunta me recorre mil veces la cabeza hasta desesperarme. A lo lejos veo los últimos destellos del sol escondido tras las montañas, y un poco más abajo veo sólo acero y concreto destrozado.

La sensación de soledad es espeluznante. Veo gente desplomarse en el suelo de la angustia, gente que no estaba preparada para esto, veo sus ojos llenos de desesperación al sentirse completamente solos, sin poder acudir a alguien, ni donde poder dormir en la noche que se acerca. Nadie tiene hogar y las pocas paredes que quedan en pie son campo de sangrientas peleas para evitar congelarse por el frío nocturno. Yo por mi parte, he encontrado este edificio y algunas paredes donde alojar… al menos desde acá puedo ver gran parte de la ciudad, bueno… lo que queda de ella. Pero también sufro lo mismo que ellos… sin poder acudir a nadie, sin saber de nadie. Me pregunto si los que no fueron condenados estarán sintiéndose aliviados… o si estarán arrepentidos.

El telón de la noche se deja caer cruel y repentino, acompañado de mallas de frío glacial que apaga hasta la más brava de las llamas. Ha sido otro día más como los últimos, estar desde acá mirando y comiendo soledad, pues no hay mucho más que conseguir ahora, creo que también es parte de aquella condena a la eterna soledad, y no se ve si pueda alguna vez ser perdonado…

VMBRA